En España, durante muchos años, y todavía hay quien continúa con la práctica, algunos se creían legitimados de por vida por haber luchado, en su juventud, contra Franco. Lo que uno decía siempre tenía que ser lo correcto. Las opciones y posiciones que uno adoptaba siempre eran las buenas. Si alguien proponía cosas contrarias o le llevaba la contraria indefectiblemente tenía que estar en un error, o simplemente ser un facha. Por qué. Sencillamente por ser un militante antifranquista. Es un error que nos ha costado muchos disgustos y que finalmente incluso hasta gente de la propia izquierda ha denunciado: Fernando Savater, por ejemplo.
(En una entrada anterior dijimos que Aristóteles exigía a la virtud que fuera un hábito. Decíamos que el Maestro dijo que una golondrina no hace verano.)
Stéphane Hessel estuvo en dos campos de concentracción nazis. Luchó con la Resistencia. Co-redactó la Declaración Universal de Derechos Humanos (para no pocos ciudadanos africanos y asiáticos en realidad una Declaración Occidental de Derechos Humanos). Todo esto es admirable, desde luego. Pero, con Aristóteles, repetimos que no legitima todo lo que diga o haga sin interrupción.
Stalin luchó contra Hitler y ahí está en la foto de la gloria, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿alguien con dos dedos de frente puede negar que Stalin es peor que el mismo demonio? Claro, era un loco, un asesino, uno de los individuos más sanguinarios y atroz que jamás haya existido. Estar una vez, o dos, o tres, o doscientas, en el sitio correcto no lo legitima indefinidamente.
(Otro día tendremos que hablar aquí del Argumento de Autoridad.)
nota a pie de página: los bancos, cuando contratas uno de sus productos, y parece una paráfrasis de Aristóteles, dicen eso de "rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras". Con la ética ocurre lo mismo.